Reels, TikToks y Shorts: ¿cómo afectan a la concentración según la neurociencia?
Llevo tiempo observando un fenómeno cada vez más común: a muchas personas les cuesta concentrarse incluso unos pocos minutos en una única tarea. Yo misma me incluyo en ese grupo, y quizá por eso el tema me preocupa de forma especial.
Lo más llamativo es que no hablamos de falta de disciplina, ni de una característica personal, ni mucho menos de un defecto genético. Es simplemente una adaptación a un entorno digital que ha transformado por completo la forma en que nuestro cerebro gestiona la atención.
Entre vídeos de diez segundos, titulares diseñados para capturar nuestra atención y actualizaciones que aparecen sin previo aviso, el cerebro no tiene más alternativa que ajustarse a un ritmo que no se detiene.
La investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California Irvine, ha dedicado años a estudiar cómo estos estímulos continuos afectan a nuestra capacidad de enfocarnos. En su libro Attention Span (MIT Press, 2023), documenta un cambio tan drástico como coherente con lo que muchos sentimos: en 2004, una persona podía mantener la atención en una misma tarea durante unos 2,5 minutos antes de interrumpirse; hoy, ese tiempo ronda los 47 segundos.
La cifra no sorprende cuando se observa cómo nos enfrentamos a la información: saltamos entre ventanas, cambiamos de aplicación sin motivo real o sentimos la necesidad de revisar el móvil aunque no haya notificaciones nuevas. No es que el cerebro “quiera” distraerse; es que se ha acostumbrado a ciclos de atención mucho más breves.
La neurocientífica Anna Lembke describe algo similar en Dopamine Nation (2021). Explica que el cerebro responde con mayor intensidad a la frecuencia de pequeños estímulos que a la profundidad de uno solo. Esto encaja perfectamente con el boom de Reels, TikToks y otros formatos ultracortos, que ofrecen una secuencia inagotable de microrecompensas.
Tras un consumo repetido (y muchas veces automático) el sistema dopaminérgico se adapta a este patrón y empieza a preferirlo. El resultado es bastante claro: cuando intentamos bajar el ritmo y dedicarnos a tareas más largas o complejas, la mente protesta, busca algo más rápido o experimenta una especie de “ataque de impaciencia” que no era común hace unos años.
Un estudio de Stanford University (Ophir, Nass y Wagner, 2009) apoya esta misma idea: la exposición constante a multitarea digital reduce la capacidad para filtrar distracciones irrelevantes y afecta de forma directa a la memoria de trabajo. Es decir, no solo nos distraemos más, sino que nos cuesta más mantener la información en la cabeza mientras pensamos, analizamos o elaboramos ideas. Se trata de un ajuste progresivo, silencioso y, sobre todo, involuntario.
A esto se añade otro aspecto que solemos subestimar: la fatiga mental, que no proviene únicamente del exceso de trabajo o de falta de descanso, sino también de la fricción constante entre estímulos que compiten entre sí.
La profesora Sherry Turkle lo resume en Reclaiming Conversation (2015): “cuando el cerebro no dispone de tiempo suficiente para procesar lo que recibe, cualquier tarea exige más recursos de los necesarios. Y esa sobrecarga se nota.“
Aun así, algo interesante está ocurriendo en paralelo. Mientras las plataformas apuestan por acelerar el consumo, mucha gente busca justamente lo contrario: newsletters pausadas, podcasts largos, artículos que invitan a pensar o audiolibros para escuchar sin prisa.
Está claro que necesitamos un equilibrio, una pausa, y seguimos necesitando espacios donde la atención pueda volver a estabilizarse, aunque sea por momentos.
¿Cómo podemos recuperar la atención rota?
Recuperar esa estabilidad no implica retirarse del mundo digital ni hacer grandes promesas sobre “dejar las pantallas”. De hecho, la propia Gloria Mark insiste en que la clave está en la intencionalidad, no en la abstinencia.
Elegir cuándo interactuamos con ciertos contenidos, poner límites a las notificaciones, reservar espacios para leer sin interrupciones o evitar revisar el teléfono por inercia son pequeños ajustes que pueden resultar mucho más efectivos y beneficiosos de lo que parecen.
El entorno también importa. Un estudio de Adrian Ward y su equipo (UT Austin, 2017) demostró que la sola presencia del móvil (aunque no lo usemos) reduce la capacidad cognitiva disponible. Tenerlo a la vista consume recursos mentales. Guardarlo fuera del campo visual es una de las intervenciones más simples y más eficaces.
Fortalecer la atención también puede hacerse de forma gradual. Cal Newport lo explica en Deep Work (2016): pequeñas sesiones de enfoque sostenido, repetidas a lo largo de la semana, ayudan a reconstruir la tolerancia al esfuerzo mental sin generar frustración. No se trata de aspirar a una hora de concentración perfecta, sino de empezar con intervalos manejables que permitan recuperar la sensación de continuidad.
A modo de resumen, y pensando especialmente en quienes prefieren consumir información breve (siendo coherente con el tema en cuestión) aquí comparto los consejos clave para fortalecer la atención:
- Ser intencional con el consumo digital: decidir cuándo entrar en redes o revisar el móvil en lugar de hacerlo por inercia.
- Limitar notificaciones: reducir al mínimo las interrupciones externas para evitar microcortes constantes de atención.
- Crear espacios de lectura o trabajo sin distracciones: reservar momentos concretos para leer, estudiar o pensar sin estímulos paralelos.
- Evitar el “chequeo automático”: no abrir el teléfono por hábito; hacerlo solo cuando realmente hay un motivo.
- Sacar el móvil del campo visual: guardarlo en un cajón, bolso o en otra habitación; solo verlo ya consume recursos cognitivos (Ward, 2017).
- Reducir la multitarea digital: trabajar o leer con una sola ventana o aplicación abierta siempre que sea posible.
- Entrenar la atención de forma gradual: empezar con sesiones cortas (5–10 minutos) de concentración continua e ir ampliándolas poco a poco.
- Establecer pequeños rituales antes de concentrarse: preparar el entorno, cerrar pestañas innecesarias o planificar la tarea reduce la fricción inicial.
- Introducir pausas reales entre tareas: permitir que el cerebro procese lo anterior antes de saltar a lo siguiente.
- Elegir contenidos que no fragmenten la atención: newsletters, artículos largos o libros ayudan a recuperar el ritmo cognitivo más estable.
En fin, el objetivo no es demonizar los microcontenidos ni idealizar la lectura profunda. Ambos conviven y ambos cumplen funciones diferentes.
Lo importante es reconocer cómo los formatos ultrarrápidos están moldeando nuestro cerebro y relación con el pensamiento, y cómo ese impacto puede gestionarse para que no interfiera con nuestra capacidad de estar presentes, comprender y crear con claridad.
La atención no se ha perdido; lo que está cambiando es el ritmo con el que la utilizamos. Y por suerte, aún estamos a tiempo de recuperarlo.
Referencias
- Ophir, E.; Nass, C.; Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(37): 15583-15587. DOI:10.1073/pnas.0903620106 — https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.0903620106 PubMed+1
- Ward, A. F.; Duke, K.; Gneezy, A.; Bos, M. W. (2017). Brain Drain: The Mere Presence of One’s Own Smartphone Reduces Available Cognitive Capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2). DOI:10.1086/691462 — https://www.journals.uchicago.edu/doi/full/10.1086/691462 Revistas de Chicago+2r.jordan.im+2
- Mark, G. (2023). Attention Span: A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness and Productivity. MIT Press. ISBN 9781335449412 — https://mitpressbookstore.mit.edu/book/9781335449412
- Turkle, S. (2015). Reclaiming Conversation: The Power of Talk in a Digital Age. Penguin Press. — https://www.sherryturkle.com/reclaiming-conversation

Leave a Reply